QUÉ ENSEÑA ESTE LIBRO

Antes de nada aclarar que el verbo enseñar en este título no está referido tanto hacia un conocimiento en sí mismo, sino hacia un nuevo camino de cómo llegar a otro tipo de conocimiento, es decir, una nueva forma de mostrar algo más que imponer algo que ya se ha consolidado como una ideología. El autor lleva a defender lo que defiende en este libro a través de una experiencia personal y, por tanto, subjetiva. Cómo llega a ello, es otro cantar. Por qué está convencido de lo que dice, es harina de otro costal. Sin embargo, lo que en este libro se expone es una visión, compartida desde hace mucho por otros seres, incluso desde los mismos orígenes de las luchas internas en el cristianismo primitivo, distinta del Jesús teológico, del Jesús que fue tan amado entre los hombres que lo siguieron como completamente incomprendido por ellos mismos en su misión encomendada por el Padre.

El gran teólogo del cristianismo
Pablo de Tarso, quizá el primer gran teólogo del cristianismo

Quedará claro a través de estas páginas que esa expresión del propio Jesús y que da a entender la incomprensión y testarudez de quienes lo seguían, ese “no tener donde reposar la cabeza”,  era parte ineludible de su misión. Quedará claro que el Jesús teológico, empezado a construir como quien dice desde su misma crucifixión, es fruto de la misma ignorancia que la iglesia oficial mantiene hoy en día a pesar de todas las evidencias que señalan el camino correcto para comprender a Jesús, a saber, el camino hacia las estrellas. Muchos sospechan que corrientes internas, dentro de la Iglesia de este siglo XXI, no solo estarían de acuerdo con el espíritu de este libro, sino que estarían convencidos de que tarde o temprano los telescopios del Vaticano darán la noticia esperada. El hecho de que la tradición cristiana mantenga la ignorancia entre los fieles nada tiene que ver que dentro de su seno una parte esté convencida que un dios creador de un infinito universo hubiese creado una especie tan bestial como la humana sin darles la posibilidad de evolucionar a otros predios, mucho menos que fuese la única especie creada y menos aún la primera en “aparecer” en la “sopa cósmica”. Para entender viene esta última aseveración, hay que entender, sin caer en galimatías filosóficos ni querer buscar las cinco patas al gato, que los relatos de la “realidad” es distinto en cada esfera, en cada nivel, de la sociedad. La luna de Júpiter no era lo mismo para Galileo que para el Papa de turno, Urbano VIII, que para un campesino de la Toscana o para un andaluz que se estuviera embarcando para las Américas el día que Galileo tuvo que adjurar de su herejía sobre el movimiento de la tierra en torno al sol.

La verdad puede llevarte a la hoguera
¡Pero se mueve! dijo para sí Galileo…

Lo que importa es retener que si la Iglesia de hoy en día sigue empeñada en una naturaleza dogmática, teológica, conceptual, de Jesús, alejada de su verdadera esencia cósmica, quizá no sea tanto porque no hayan llegado a descubrir esa esencia, sino porque la  Iglesia es un poder político, ideológico, terrenal y poco o nada tiene que ver sus misiones actuales e históricas con las enseñanzas del Nazareno de hace dos mil años. La Iglesia ha servido para el fin de transmitir la figura de ese Ser, Jesús, que con su desafío hacia la tradición, sembró el mundo con la semilla del amor y el perdón. Una semilla que no solo nos acerca a una mejor convivencia entre los hijos de los hombres, sino, lo más vital, hacia el conocimiento mismo del Conocimiento, hacia el Conocimiento de Dios.

   A un bebé humano, en esa fase tan temprana de la vida, no se le puede enseñar la constante de Planck ni siquiera la lista de las capitales del mundo actual. A una especie que, en tiempos de Jesús, anidaba por aguas mitológicas, y que aún “comprendían” a Dios desde la racionalidad de los sentidos y a través del espejo de sí mismos, no se le podría haber hablado claro y alto de esos otros mundos que hoy en día van emergiendo como setas en el océano cósmico. Por qué Jesús aparece en la época en que lo hace y en medio del pueblo judío, no es tema de este libro, pero sí entre sus líneas se dejan caer pinceladas sobre el tema. A propósito de esto, a todos aquellos  estudiosos que no pueden ver a Jesús sino como un judío más de su época, fruto de su tradición, no se le puede exigir que vean a Jesús más allá de lo que ellos entienden que es la forma correcta de acercarse a semejante y noble Ser de las estrellas. Pero yo les propondría un reto. Imagínense que hoy llega a una isla remota del Pacífico, donde habitan una tribu en condiciones paleolíticas, un científico del siglo XXI con diversas intenciones académicas, con todo el armamento intelectual de su tiempo y con armamento de cualquier otro tipo que dejase bien claro su poder. Imagínese que este científico se queda viviendo entre esta tribu y compartiendo con ellos vida y enseñanzas.

La verdad no se encierra
Viaje en el tiempo para escépticos

Tras unos años de convivencia es “rescatado” por un helicóptero y nadie de la tribu sabe más de él y a raíz de aquellos sucesos fue generándose toda una tradicional sobre aquella enigmática figura. Con el transcurso de las generaciones aquel personaje sigue vivo en la memoria de aquel pueblo que, aún aislado, poco a poco fue adquiriendo nuevas formas de ver y entender la “realidad” hasta los niveles que aquel científico tenía dos mil años atrás. Después de ese tiempo, los descendientes de aquellos habitantes que vivieron con nuestro científico pretenden “conocer” a nuestro estudioso desde su época y lo “confunden” como alguien más de su tribu ¿sería una forma correcta de “conocer” la naturaleza de nuestro científico?

   En este libro no encontrarás dogmatismos que cercenen la capacidad intelectual de cada cual, sino, todo lo contrario, encontrarás respeto hacia todos aquellos que se atreven a desafiar su tradición con el solo objetivo de superar sus propias barreras. El Jesús que muestro en estas páginas es el Jesús que vive en mí y que, entiendo, vive en cada ser humano que entiende que el amor es la única forma de superar el nivel de barbarie que el hombre es capaz de cometer contra mismo y contra sus congéneres. Del mismo modo que ese Jesús que vive en cada corazón de buena voluntad, también es revestido por cada cual a su modo, pues lo importante no es tanto cómo ven a Jesús, sino que caminen por la senda que él enseñó.

Según Ernst Bloch, filósofo alemán, para ser un buen cristiano, hay que ser un buen ateo…

Aunque no se creyese en dios alguno, ni siquiera se tuviese noticias de Jesús de Nazaret, quien es capaz de amar y perdonar al prójimo como a sí mismo, ya lo lleva en su mente y en su corazón y, de seguro, Jesús lo tomará, en su Segunda Venida, como uno de los suyos. El Dios de Jesús, como la propia naturaleza cósmica de Jesús, ni emerge ni es propiedad de ideología alguna, ni siquiera de la católica, apostólica y romana. Mucho menos es propiedad de unos seres que aún hoy defienden, por intereses mezquinos y egoístas, una visión tergiversada de la propia naturaleza del universo y las semillas de vida que hay esparcidas por doquier. Para ver las maravillas que el universo manifiesta solo hay que quitar de los ojos esa venda de fanatismos ideológicos que impiden entender lo que subyace al mundo de las apariencias, a la superficie de la realidad. Jesús no vuelve porque  haya resucitado, sino porque jamás murió. La vida informada, la que da forma a las experiencias, no se agota con la cáscara de la nuez. Pero esto es materia de otro libro y no de este que pretende dar cuenta del pequeño, veraz y maravilloso Apocalipsis de Jesús de Nazaret.

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