MI REINO NO ES DE ESTE MUNDO

Mantener, hoy por hoy, la mente cerrada al universo y toda su majestuosidad, es seguir operando bajo el imperio de los miedos. No se trata de comprender con la razón, con el ego, sino de aceptar desde el corazón. Aceptar es conectar tu voz interior, tu ser, con el mundo que te rodea. Aceptar es aceptar que el ser humano es una consciencia cósmica más que puebla una de las infinitas moradas del Padre. Aceptar es aceptar que el único camino que lleva al Conocimiento es aquel que te permite ver y sentir a toda conciencia cósmica dentro de ti y así comprender que lo que es arriba es abajo, lo que es dentro es fuera. Aceptar es aceptar que Jesús fue un Enviado para transmitir el camino hacia la Verdad y la Vida y que ese camino comienza cuando el ser humano es capaz de beber sin temor en las aguas del amor y del perdón. Jesús no era de este mundo porque su Reino ya había alcanzado el Conocimiento del Padre. Aceptar es aceptar que el ser humano está despertando de sus miedos y está viendo y rompiendo las cadenas que lo ataban a poderes que nada tienen que ver con su origen cósmico y divino, sino con consciencias que se han alimentado y se alimentan de sembrar miedos para recoger odios y así mantener el domino sobre unos seres que, de otra forma, estarían expandiendo su conciencia al ritmo de la misma expansión del universo.

   Seguir creyendo creencias que alejan al hombre de las estrellas y seguir viendo a Jesús como alguien ajeno al universo mismo es, en el mejor de los casos, de una ingenuidad tremenda. Una ingenuidad que no es inocente, sino malévola, pues intenta seguir esclavizando al hombre a sus miedos. En un universo donde todo es Conciencia y nada hay fuera de ella, donde la consciencia que surge de la interacción entre un cerebro y unos sentidos que “ven” el mundo no es sino una pequeña ventana al Ser que toda conciencia es, en un universo así, digo, Jesús es el camino que lleva al Conocimiento del Padre. No hay secreto en el universo que no vaya a ser desvelado, decía Jesús, aludiendo al hecho de que toda conciencia cósmica está llamada a conocer las entrañas de la vida, desde la majestuosidad de las estrellas hasta las maravillosas moléculas de la vida que van siendo sembradas a través del cosmos.

   Jesús vuelve, retorna con una ingente cantidad de seres cósmicos, que han velado que esta última humanidad no se autodestruya bajo el peso de esos seres indolentes e inconscientes que han “gobernado” el mundo a su antojo, como si fuera propiedad suya y desoyendo a su propia voz interior, la voz del Ser. Sí, el Mal existe en este mundo, pero no olvidemos que todo su poder destructor está llamado a sucumbir ante las huestes de aquellos seres que llevan como bandera el amor y el perdón. Una bandera que abre la puerta al Conocimiento, a la capacidad creadora que toda Conciencia de Ser tiene por el simple hecho de ser parte de la Conciencia Única del Padre. El Mal existe porque aquella consciencia llamada a vivir desde el Ser ha olvidado su origen y se ha “separado” del Padre, pero, al final, todo retorna al Padre porque nada hay fuera de Él. Jesús y su Reino no vinieron a este mundo a imponer ni atar al hombre a miedos y preceptos que lo alejasen más del camino hacia el Padre, sino a señalar ese camino que llevará al hombre hacia el verdadero conocimiento, el que te lleva a encontrarte en cada átomo de este maravilloso universo.

   ¿Por qué el Mal parece estar ganando esta batalla humana y pareciera que el hombre está condenado a seguir navegando y sufriendo en este hermoso planeta azul? El engaño, la tergiversación y manipulación son herramientas propias de aquellos seres indolentes que no logran salir de sus miedos e imponen por la fuerza sus criterios. Una fuerza que doblega el corazón humano y hace brotar de él la indiferencia hacia el otro sin comprender el engaño al que está siendo sometido. Aquel que desconoce al otro, se desconoce a sí mismo. Jesús proclamo el amor y el perdón como camino hacia el Conocimiento del Padre porque su Reino, que no era de este mundo, ya habían desentrañado ese misterio al que humanamente se llama “Dios”. El Dios de Jesús no impone, ama, no pide pleitesía, sino da a todas las conciencias lo que ellas mismas piden a través de sus pensamientos y da con creces.

Jesús enseñó el camino al universo que hay dentro de cada ser humano porque todo ser humano es una semilla de la Conciencia Única del padre. Jesús vuelve porque los tiempos están dados para que este hermoso planeta albergue ya una humanidad abierta a las estrellas y a la plenitud de la Vida. La maldad buscará refugio en otros mundos que aún viven el proceso del despertar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *