JESÚS, HUBBLE Y EL PADRE

Las moradas del padre son infinitas, decía el Maestro Jesús en su primer periplo por las tierras de Galilea. Releer el mensaje de Jesús, tanto los logos canónicos como la literatura apocrifa, sin tener en cuenta su naturaleza cósmica, es caer en los tentáculos de las diversas teologías cristianas. Tentáculos que no tenían más fin, jamás lo tuvieron, empezando desde el mismo San Pablo, que el proselitismo, la búsqueda de adeptos para afianzar el poder y conseguir con ello abarrotar templos y las arcas del templo. Jesús fue convertido tras su resurrección casi en un ícono para ser reverenciado y no para ser comprendido y seguido. Sí hay que reconocer que esa lucha por hacer de Jesús el abanderado de las nuevas cruzadas del poder político se dilataron en el tiempo y costó mucha sangre y muchas almas abandonadas a la suerte de los tiempos. Mas Jesús, el Jesús cósmico, el Enviado del Padre para dar a conocer los nuevos tiempos, pervivió en tantas almas a través de los tiempos que, a pesar del periplo sangriento de las iglesias cristianas para convertirse en un simple poder terrenal, en especial la católica, aún puede encontrarse en tantos hijos del Padre que caminan hoy por hoy en miles de esquinas, en ingentes formas de vida humana.

La Naturaleza de Jesús no es de este mundo y, sin embargo, conquistó el mundo

Puedes ver y sentir a Jesús hoy en día entre pobres o ricos, entre analfabetos o doctores, entre ateos o creyentes. Para hacer la voluntad del Padre, para seguir a Jesús, solo se requiere una condición, amar al prójimo como a ti mismo, perdonar y, sobre todo, saber pedir perdón de corazón y no por obligación, mucho menos por interés.

LA NATURALEZA CÓSMICA DE JESÚS EN LAS INFINITAS MORADAS DEL PADRE

En los primeros tiempos del cristianismo sin Jesús fueron muchas las voces que intentaron interpretar la naturaleza de ese hombre que había sido condenado a muerte por predicar el perdón y el amor como forma de vida entre los hombres y como forma de acceder al Padre. El mensaje de Jesús encierra un conocimiento, una gnosis, que va más allá del conocimiento que corría en su tiempo histórico. El conocimiento que brota de Jesús mira a las estrellas y a los cielos del cosmos como la fuente de donde todo surge y a donde todo regresa. Las infinitas moradas del Padre no son las almas penitentes, ni mundos ensoñados, sino espacios físicos en el cosmos, en el universo. Infinitas son las moradas porque infinito es el universo. La ciencia moderna hace nada que comienza a ver la inmensidad del universo que se puede contemplar desde esta ventanita terrenal. Nada hay oculto que no tenga su tiempo para ser desvelado, insinuaba el Maestro mientras sembraba en sus primeros seguidores la semilla que les llevaría a ser como él. La semilla de la sed por el conocimiento, la sed de Ser uno en todos y en Todo, uno con el Padre, con el Conocimiento Supremo, uno con todas las conciencias que habitan este universo. Lo que en su tiempo sería una profanación a la tradición, un crimen contra lo establecido, sería, a su debido tiempo, el comienzo de una nueva forma de relacionarse el hombre consigo mismo, con sus semejantes y con Dios. Esos tiempos, abiertos a un nuevo conocimiento de Dios y del cosmos, fueron anunciados por Jesús mismo. El llamado pequeño apocalipsis de Jesús (Marcos 13 y afines en Lucas y Mateo) lo deja patente.

La Conciencia del Padre impregna todo el universo y gracias a ella las conciencias cósmicas se reconocen a sí mismas

   No se trata de convencer a nadie para que crea en un nuevo tiempo para el hombre, aunque, para ser coherente con la misma situación mundial de estas primeras décadas de este tercer milenio, nadie, en su sano juicio, renunciaría a otro mundo, pues lo que hoy hay deja mucho que desear para la gran mayoría sedienta de paz, armonía y plenitud. No se trata tampoco de asustar por los acontecimientos que han de suceder, puesto que los llamados a ser parte de este nuevo mundo, serán, aunque estén en medio de una erupción volcánica y aquellos que aún deben seguir su camino evolutivo en otros mundos, en otras moradas, aunque se escondan en los confines de la tierra, serán llamados también para que vayan a su nueva morada. No se trata de sembrar miedos, sino de anunciar que la esperanza está a las puertas y que Jesús, les guste o no a todos aquellos que se han dejado seducir por el olvido del Ser, está de regreso para establecer ese nuevo reino entre los hombres.

SEMBRANDO LA CIENCIA DE LA LUZ ENTRE LAS TIERRAS DE LA OSCURIDAD

Las infinitas moradas del Padre no están solas en este infinito universo. Es una estupidez racional creer que solo la humanidad comparte la Conciencia del Padre en este magno cosmos. Es tan grande la soberbia y el engreimiento intelectual de muchos científicos que solo se pueden apegar a los hechos y “evidencias físicas”, a lo comprobado sobre el tapete de la experiencia, como si fuesen el santo Tomás de las ciencias, ver para creer, que no pueden ver lo evidente para el sentido común. Como decían por estos mundos de Dios, qué pérdida de vida, conciencia y materia si solo el hombre fuese la única creación divina para admirar su obra. Sí, pareciera que a muchos científicos les asustase tener competencia intelectual en otros predios.

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

Ya no digamos a los guardianes de la fe de las distintas religiones humanas, que se les quita el velo de un Dios ininteligible y demasiado celoso de su obra y que solo se presenta al mundo a través de ellas. El caso es que poco o nada importalo que la ciencia encerrada en los paradigmas de la tradición pueda decir, puesto que el Conocimiento que lleva al Padre, al Padre que envió a Jesús a anunciar la instauración de un nuevo Reino entre los hijos de los hombres, no necesita de ecuaciones ni constantes cosmológicas y mucho menos doctorados en las paredes, sino necesita la brújula del amor que le señale al hombre el norte de la vida, de la vida que no se agota con la muerte. Mucho menos se necesitan las religiones y sus guardianes, que han prostituido el nombre del Padre y del hijo para su propio beneficio. Sí, hay que reconocer que no pocas almas dentro de esos muros dogmáticos de las religiones institucionales, conceptuales, son verdaderos hijos de la luz y serán llamados como tal. Para seguir a Jesús, repito, y al Padre, solo hace falta tener el corazón abierto al amor y al perdón. Quien ama, sabe perdonar y quien perdona, sabe amar. Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Hermosas palabras para quien, en el suplicio humano de la cruz, aún quiso dejar sembrada unaeterna lección de vida: el conocimiento es el camino y el camino es el perdón.

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