HEREJÍAS DE AYER Y HOY

Las herejías nacen como contraposición a una opinión correcta, lo que comúnmente se denomina “ortodoxia”. La herejía, en cuanto a su vocablo, significa elección, elegir libre y voluntariamente salir, dejar a un lado, no aceptar la opinión correcta. En cierta medida ya tenemos un rasgo distintivo del hereje, es alguien que tiene el valor, la valentía, de oponerse a lo que se entiende como comúnmente aceptado, la ortodoxia. Dicho de otra manera, la herejía es un ir contracorriente, es un no dejarse convencer por el peso de la tradición. Desde este ángulo, podemos decir que las herejías representan las fronteras que hay que cruzar si queremos adentrarnos en otras verdades, en otras formas de ver y vivir la realidad. El hereje sería, entonces, aquel valiente que va cruzando fronteras prohibidas y no teme morir en el intento, pues sabe que es mejor morir buscando la verdad que vivir cien años enclaustrado en una mentira.

Las herejías buscan trascender las tradiciones

HEREJÍAS DEL AYER

El cristianismo primitivo está anegado de un sinfín de corrientes interpretativas, sobre la figura y el mensaje de Jesús, que lucharon, con más que palabras e ideas, por imponer su verdad ¿Por qué sucedieron estas luchas? Lo he dicho en varias ocasiones, a Jesús, al Maestro de Maestros, al Enviado del Padre, cuyo reino no era de este mundo, no lo pudieron comprender en su época ni estaba su mensaje, propiamente hablando, destinado a aquellos primeros sembradores del mensaje de las estrellas. Para llegar al Jesús cósmico, para llegar al Padre que nos presenta el Maestro, es necesario tener una mente abierta al conocimiento, a la ciencia, pero no la ciencia basada en mitos, leyendas y engaños, tampoco la ciencia endiosada y reverenciada en sus instrumentos y lenguajes, sino la ciencia que se nutre del Espíritu abierto a la transformación de la realidad. Un conocimiento, una ciencia, que Jesús señaló en varias ocasiones y que se puede resumir en aquella lapidaria sentencia del Maestro “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.       

Marción, el gran hereje que desafío las raiz judía del movimiento cristiano

     Voy a tratar hoy, brevemente, obviamente, una sola de esas herejías cristianas del ayer, la de Marción, y dejaré para otros post otras herejías, como la de los gnósticos, quizá la más peligrosa de las que fueron catalogadas por los cristianismos victoriosos. Marción es un hereje del siglo II. Nació en Sinope, hoy en día parte de Turquía. Su Padre habría sido obispo de la ciudad y también, supuestamente, el encargado de excomulgarlo. Marción se trasladó a Roma, a mediados del siglo II, y dicha ciudad, cuya Iglesia cristiana ya parecía ostentar el título de ser la más numerosa en cuanto a fieles y autoridad, lo recibió con los brazos abiertos en un principio, después de una generosa donación de doscientos mil sestercios. A Marción, como aquellos filósofos de la Grecia Clásica, el dinero le permitía tiempo para filosofar y nadar contracorriente. Fuese como fuese, el hecho es que Marción tuvo que huir, escapar, de Roma, con sus dineros devueltos a su bolsillo porque no caló su doctrina. Qué decía dicha doctrina. Marción no solo no profesaba ningún tipo de respeto por las costumbres judías, el Sabbat, la circuncisión, la prohibición de comer cerdo, etc., etc., que creía bárbaras, sino que no aceptaba las escrituras judías como parte del evangelio de Cristo. Es más, no solo no aceptaba las escrituras judías, lo que denominamos el Antiguo Testamente, sino que rechazaba al Dios Judío. Para él era imposible que el Dios que se presentaba en las escrituras judías fuese el mismo que el mostrado en la predicación de Jesús.

Para Marción, el dios judío no podía ser el mismo que Abba

Fue más allá y para resolver el problema, parte del problema, admitía que había dos dioses, uno el creador del mundo, tal y como se conoce, que había contactado con el pueblo elegido para convertirlo en su “propiedad”, su “obra” o como se guste entender esa relación de dominio, y otro Dios, suma bondad, que no tenía nada que ver con todo lo que se había formado y que envío a Jesús para redimir y salvar al hombre de las garras del dios colérico de los judíos. Para más inri, no veía a Jesús como un hombre, sino como un aparente hombre.  Ya pueden imaginar el tinglado que monto Marción.  Marción, además, fue el primero en darse cuenta de la necesidad de recopilar los escritos que corrían, los evangelios que proliferaban en las distintas comunidades cristianas, y formar un canon “auténtico”, “verdadero”, “autorizado”. Este canon, el recopilado por Marción, constaba de 11 libros en total, que comprendías 10 cartas de Pablo de Tarso  y el denominado evangelio de Lucas, eso sí, un evangelio cribado por la teología de Marción. Como decía, Marción fue desterrado de la Iglesia de Roma, pero sus enseñanzas no crean que no tuvieron éxito entonces, todo lo contrario, parece que aún entrado el siglo V, la ortodoxia triunfante advertía a sus acólitos de tener cuidado con los herejes que profesaban el marcionismo como verdad evangélica.

HEREJÍAS DE FINALES DE LOS TIEMPOS

Las herejías de ayer y de hoy se alimentaron del gran desconocimiento de la figura del Maestro como un Enviado de las estrellas, un Enviado de parte del Padre, un Enviado cuyo Reino no era de este mundo, y de la tergiversación que se hizo de sus enseñanzas. Con las enseñanzas del Maestro se creó un imperio humano, un imperio de poder terrenal monstruoso. Un imperio que no solo intentó doblegar el cuerpo, imponiendo doctrinas antihumanas, sino que, peor aún, intentó doblegar la libertad del Espíritu al obligar a creer en verdades que solo buscaban atemorizar las mentes y esclavizarlas a todo tipo de miedos. Unas verdades humanas que habían olvidado la única verdad que ha pisado este hermoso planeta, la verdad que representa Jesús de Nazaret, el Enviado del Padre. Hoy podemos rastrear las herejías, dentro de los diversos cristianismos, con sus asimetrías, pero todos ellos con un vértice común que representa aquel cristianismo victorioso, digamos tras el concilio de Nicea, podemos ver las herejías, digo, en los templos vacíos, unos más que otros. Sin embargo, en estos finales de los tiempos la herejía más “peligrosa” para esos cristianismos que han mancillado el camino hacia el Padre surge no de instituciones, de corrientes organizadas, sino de seres humanos, de conciencias humanas, que empiezan a ver a Jesús con los ojos del alma, del corazón, de su alma, de su corazón, y no con los miedos de la razón sembrados con dogmas y doctrinas contrarias al mensaje del Maestro y muy lejos de su naturaleza de conciencia enviada a salvar a los hombres de sí mismos.

Tras el Concilio de Nicea I, la ortodoxia triunfó sobre infinidad de otros evangelios

   Aquel cristianismo victorioso de antaño, hoy por hoy, sigue etiquetando a todo ser humano, a toda conciencia, que se atreva a desafiar la visión tergiversada que han impuesto de aquel ser de las estrellas enviado a la misión más hermosa y peligrosa que se pueda imaginar, salvar al hombre de un mal que se ha sembrado, como una cepa aparte, en esta bella morada del Padre. Aquel cristianismo victorioso cree que Jesús, el Maestro de Maestros, es una marca registrada con denominación de origen, como si el Maestro fuese una mercancía, una cosa o, peor aún, una ideología. El Maestro es la mayor conciencia cósmica enviada a este planeta para enseñar a los hombres qué es el Amor y decirles, asegurarles, que los tiempos del Reino del Padre estaban llegando. Eso fue hace dos mil años. Esos tiempos, guste o no a increyentes de toda condición o a cristianismo oficiales, en cualesquiera de sus versiones, esos tiempos, digo, están llegando. No lo dice este humilde escriba, este viejo mensajero, sino lo dijo y lo dice el Maestro. 

EL MAYOR HEREJE DE TODA LA HISTORIA

Sí, no se equivocan, para aquellos que intuyeron o sabían la respuesta, el mayor hereje de toda la historia es el propio Maestro de Maestros, Jesús de Nazaret. Fue un hereje para gran parte del pueblo que le vio nacer porque les enseñó donde estaba el Reino del Padre y estaba más allá de su tradición. Fue un hereje para el poder político y religioso de su época porque desafió las creencias que imperaban sobre cómo tratar al poder y cómo tratar a tus hermanos y cómo relacionarse con Dios. Pero, es más, Jesús, el Maestro de Maestros, es el mayor hereje de esa iglesia cristiana triunfante que ha querido convertir al hombre en un esclavo de la institución, que ha demonizado los errores y construido infiernos humanos, demasiado humanos, para esclavizar a las almas. Las conciencias encarnan en niños, la inocencia pura, el más puro amor que puede dar lo mejor de sí si no fuesen esclavizados a creencias de todo tipo. Dejad que los niños se acerquen a mí dice el maestro, dejad que la conciencia en su estado más puro comprenda quien soy y quienes son ellos mismos, pues todos, absolutamente todos, somos hijos de Dios o, como decía a sus más íntimos, todos somos parte de la Conciencia Suprema del Padre.

El mayor hereje frente al cristianismo triunfante sería el mismo Maestro de Maestros, Jesús de Nazaret

Qué esperar de tantas civilizaciones humanas que, a lo largo de toda la historia de esta última humanidad, han construido sus sociedades en base a creencias fallidas de todo tipo, que ponen cadenas mentales a los niños nada más nacer. El Maestro fue enviado para anunciar que esa cepa del mal que se sembró en esta morada, tenía su hora señalada y el Maestro regresa para dar comienzos a esos nuevos tiempos donde cada niño podrá ser la conciencia que es y dar lo mejor de sí para una vida en armonía. Una vida donde el conocimiento, la ciencia con conciencia, será el centro neurálgico de los nuevos tiempos.

Se buscan herejes para herejía final

En el mundo del mañana, el mundo tras la Segunda Venida del Maestro, las herejías habrán triunfado y los herejes, pasados y presentes, con el Maestro a la cabeza, habrán sido los libertarios de dicho mundo.

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