EL DIOS DEL MAESTRO, ABBA

El Dios de Jesús (link al progrma en YouTube sobre este post), Abba, no bebe de las Escrituras del llamado Antiguo Testamento. Escrituras que, por cierto, solo se fundamentan en una tradición y, como sabemos, las tradiciones no suelen ser buenas confidentes. Hay quienes no solo niegan la figura histórica del Maestro, sino su sencillo mensaje de amar y perdonar. Por encima de estos mensajes, fundamentales, bajo nuestro humilde ver, para encontrar el camino a Casa y, en estos tiempos de tribulaciones, el camino al nuevo Reino, no se pueden suplantar, digo, el mensaje de amor por teologías, dogmas y demás interpretaciones intelectuales. El amor y el perdón no necesitan conceptualizarse, son sentimientos puros de la conciencia, humana o cósmica, cuando bebe de la Fuente del Padre. Ese Padre al que Jesús ora, al que Jesús ama y del que dice ser,y es, un Enviado. Veamos.

El Dios de Jesús, Abba, no es el Dios nacido de la aridez del desierto

EL DIOS DE JESUS DESDE EL VIEJO TESTAMENTO

Hay que aclarar algo antes de comenzar. El dios del Viejo Testamento, el dios del pueblo judío, que es el que va a asumir el cristianismo y el islamismo oficiales, no es una figura o un concepto bien limitado a lo largo y ancho de todos los libros que componen las viejas Escrituras. En algunos momentos pareciera que se habla no de un solo dios, sino de varios, como refiere el mismo nombre de Elohim, pero, además de la imprecisión de ese monoteísmo defendido desde los tiempos de Abraham, al pobre dios del Viejo Testamento lo han convertido en un dios demasiado humano, con una naturaleza propia de un humano aún sin pulir su conciencia.

   Sí, Jesús nació entre el pueblo judío, entre un pueblo que, como tantos otros en esta morada del Padre, había sido contactado, cuando no “modificado” por dichos contactos no humanos. En estos tiempos de cambios, de telescopios que nos revelan la gran ignorancia sobre las infinitas moradas del padre, que pesa y arrastra el conocimiento humano, en estos tiempos de la Segunda Venida del Maestro, seguir presentando a dios como un verdugo es, en el mejor de los casos, de una ingenuidad tremenda cuando no de una pésima estrategia para seguir esclavizando a los hombres a miedos de todo tipo. Una esclavitud, recordemos, que surge cuando se intenta encerrar a dios mismo entre los muros de creencias que, para más inri, intentan presentarse como espirituales. El espíritu, menos el Espíritu del Padre, el Padre al que ora Jesús, no necesita credenciales ni altares, se encuentra en la intimidad de la alcoba y en ese diálogo permanente, tal y como el Maestro enseñó. Jesús nos habla del Padre, nos presenta a Abba, porque procede de Él, porque es un Enviado con una misión concreta. Una misión que, como suelo repetir, se puede resumir en marcar unos tiempos, los tiempos en los que el mal será barrido de este mundo y de las relaciones entre los hombres y señalar el camino para entrar en ese nuevo Reino señalado por Jesús. Un camino de amor y perdón. Un camino que, por cierto, poco o nulo caso han defendido con el ejemplo aquellos que se han adueñado del nombre del Maestro.

Abba, a quien ama, ora y con quien se comunica Jesús, es un Dios de Amor

ANTECEDENTES PUNITIVOS DEL DIOS DEL VIEJO TESTAMENTO

Entrar en detalles sobre la cantidad de actos de venganza y de crímenes sobre pecadores declarados e inocentes imberbes por la mano divina y que están plasmados en las Escrituras del Viejo Testamento es una empresa que no tiene sentido. Son demasiados y están muy patentes. No dejan lugar a dudas salvo el que lea dichos libros con la ceguera del fanatismo. Pero, recuerdo, para encontrar al Maestro y al Dios de Jesús no se puede lograr a través del fanatismo, que, por cierto, se viste de muchas maneras, pero que tampoco resiste la prueba salomónica del niño y las dos mujeres. El fanático, cuando se ve perdido, saca el hacha, es su naturaleza. El Maestro da su vida por su misión, no la arrebata ni incita a arrebatarla a nadie.

Desde aquel primer arrepentimiento del dios del Viejo Testamento y su decisión de ocasionar un diluvio del que solo se libraría Noé y los suyos, la carrera armamentista en el ámbito humano ha sido terrible. El mal, siempre lo repito, se ha clonado muy bien en las mentes humanas. Las instituciones creadas para enfrentarlo, religiones de todo tipo, más bien se han servido de las mismas estrategias y ayudado a esos fines malévolos y maléficos a llegar hasta estos tiempos de la Gran tribulación. Hasta tal punto, como planteé la semana pasada, que, si estos tiempos no fuesen acortados, aquí nadie de salvaría. Este vaticinio ni es propio ni tampoco es el deseo del Maestro, sino es una consecuencia lógica de la evolución del mal en esta humilde y bella morada del Padre. Los demonios, los verdaderos demonios, los tienen que buscar dentro de tantas conciencias que no se han encontrado a sí mismas en las mentes hermanas y no solo no se han encontrado a sí mismas, sino que su fin es aniquilarlas. Los demonios hay que buscarlos en las ideologías, religiosas o políticas, que han esclavizado a las conciencias por un puñado de creencias fallidas. Estas actitudes humanas, demasiado humanas, las pueden rastrear a lo largo y ancho de los libros del Antiguo Testamento.

El Dios o los dioses del Viejo Testamento se caracterizan por su ira contra el Hombre

EL DIOS DE JESUS Y EL AROMA A OTROS TIEMPOS

Al Maestro pocos lo entendieron en su época, y no digo que nadie por dejar la duda ineludible que pertenece a simples mensajero, pero su mensaje de amor y perdón debió caer como un jarro de agua fría entre aquellos que querían ver un Mesías salvador, con la espada en la mano, que devolviese a Israel a sus mejores tiempos. Para otros, sin embargo, los más desfavorecidos por esas creencias que menosprecian lo distinto, debió ser un bálsamo de esperanza. Sin embargo, para un pueblo que ha estado vagando y ha sido sometido durante milenios a poderes extraños y que mantiene en el poder de su dios toda la esperanza redentora, el Dios de Jesús no podría entrar en su casa. El Dios de Jesús, Abba, padrecito, es un Dios de amor, perdón y conocimiento. Es la Conciencia Suprema, pero no la conciencia que bebe de creencias fallidas, sino la Conciencia de la que mana toda la energía, y sus manifestaciones, de este infinito universo. Haber convertido a Jesús en un Dios es la mayor aberración cometida por la institución eclesial cristiana. Jesús jamás de endioso a sí mismo, lo endiosaron ideologías cristianas, comenzando ya con Pablo de Tarso, el gran ideólogo del cristianismo. Pero a Jesús, poco o nada le importó ni le importa cómo entiendan a Dios, pues, como bien deja sentado, solo a través de él, del Maestro, pueden llegar al Padre. Jesús es un enviado a señalar a los hijos de los hombres su camino a casa, su camino hacia el conocimiento del Padre. Nadie llega al padre si no es por mí.

El camino hacia el nuevo Reino pasa por encontrar el corazón de Jesús

   ¿Por qué la iglesia cristiana convirtió al Dios del pueblo judío en el Dios de Jesús?  Porque no lo conocían, y podemos atrevernos a decir, sin miedo alguno a equivocarnos, el Dios de Jesús sigue siendo el gran desconocido dentro del cristianismo, como lo es la naturaleza cósmica del maestro. Pero ya en los primeros movimientos cristianos, antes que esa corriente se convirtiera en un poder terrenal y en una institución terrenal en toda regla, les guste o no a sus defensores, y con todo el respeto, ya en esos movimientos, como el de Marción, se cuestionaba que el dios iracundo, airado, celoso, vengativo del AT, no podía ser el Dios bueno que mandaba perdonar siete veces siete como predicaba el Maestro. No podía ser porque realmente no lo es. Las deidades que han habitado el imaginario y la tradición histórica de muchísimos pueblos y culturas, no solamente la semítica, se nutren del gran engaño, de la usurpación de Dios, de ese Dios de Jesús, por entidades menores que han usado y abusado de los hijos de los hombres para esclavizarlos a todo tipo de miedos y, sobre todo, para encadenarlos a estructuras de poder que están muy lejos del Amor y del Perdón predicados por el Maestro de Maestros, Jesús de Nazaret.

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